sábado, 25 de marzo de 2017

LA PERRICHOLI, LA JOVEN AMANTE DEL MARQUÉS DE CASTELLBELL


El teatro estaba a rebosar. No cabía ni un alfiler. Todos esperaban ansiosos a que se levantara el telón. Aguardaban que el Virrey del Nuevo Mundo -el Marqués de Castellbell- hiciera una señal con el pañuelo de seda desde su palco. Lima entera sabía que la protagonista era la amante del sexagenario Virrey. ¿Habría perdido la cabeza el Marqués de Castellbell? Ese era el comadreo de la aburguesada sociedad limeña. Pero no les importaba, todos sabían que el Virrey era un admirador de Lope de Vega, y todo lo que se estrenaba en España, a los cinco meses estaba en el Nuevo Mundo. Al señor Marqués le encantaba el teatro.
-¡De prisa, de prisa! –decía Micaela, la protagonista-. ¡Que el Virrey está a punto de exhibir el pañuelo!
En los camerinos todo eran prisas, conocían la impaciencia del Marqués cuando no se levantaba el telón al dar éste la señal. Micaela Villegas no quería escándalos. El último fue descomunal. Uno de los actores representaba a un torero, y al colocarse los ajustados pantalones saltó un botón de la bragueta. Hecho que retrasó la presentación, no conseguían enhebrar la aguja con la escasa luz. El Marqués de Castellbell montó en cólera e hizo que le condujesen a los camerinos.
Lo que se encontró no le gustó.
-¡Perra, chola…! –bramó el Marqués.
Dos mujeres y Micaela estaban agachadas manipulando la zona pudenda del actor, tratando de sujetar el botón. El enfurecido y celoso Virrey no lo entendió así. Desenvainó su espada y de un golpe capó en el acto al pobre desventurado. En Lima todo el mundo se desternillaba de risa por el suceso. ¡El Virrey lo había capado!
El Marqués dio la señal. Atenuaron el brillo de las farolas de aceite, la orquestina empezó a interpretar un minueto. Se levantó el gran telón de terciopelo granate y apareció una figura grácil y sensual. Era la guapa Micaela, que con sus escasos dieciséis años ya era la amante del Virrey de Lima, al Marqués se le caía la baba. El público empezó a aplaudir con frenesí, y el Virrey no podía disimular una sonrisa bobalicona de satisfacción. Gracias al Virrey, la ciudad le Lima podía disfrutar todos los días del año una función diaria de teatro. Era su pasión. La afición le venía por sus padres, el Marqués de Castelbell y la Marquesa de Juyent  quienes eran entusiastas de las artes.
En el lujoso palco del Virrey se encontraba el Arzobispo de Lima, quien tampoco podía disimular su admiración por la bella Micaela. Sin embargo, era más comedido que el Virrey. Miraba con recato, y de vez en cuando le hacía una seña al Marqués para despertarlo de su hechizo.
El Virrey apreciaba la compañía del Arzobispo, eran casi de la misma edad, además, le advertía cuando su comportamiento empezaba a ser zafio y tosco. Pero lo que más le gustaba, es que le informaba si algún joven oficial intentaba pretender a la bella Micaela. ¡Era intocable! El mismísimo rey Carlos III estaba sorprendido de que el Marqués llevase casi veinte años de Virrey sin manifestar el menor atisbo de volver a España.
Probablemente, quien estuviese en la piel del Marqués de Castelbell, pensaría lo mismo. ¿Para qué volver a España si vivía como un Rey? Pero quien lo llevaba de cabeza era Micaela. Cada vez era más caprichosa, mas antojadiza…las broncas se hacían más frecuentes.
Una vez, la bella joven, haciendo gala de sus manías, le prohibió al sesentón Marqués que la acariciara.
-Amor mío… ¿por qué me haces esto? –suplicaba el Virrey a punto de llorar.
-Quiero que me pongas la luna a mis pies –dijo con una vocecita sensual, arrugando graciosamente la pecosa naricita-. Hasta entonces, no me gozarás.
El Virrey se descomponía. “Esta perra, chola se va enterar” tartamudeaba el Marqués enfurecido. A veces, en sus aposentos conversaba solo, muchos no lo entendían porque hablaba en catalán. Constantemente repetía las mismas palabras: “perra, chola, chola, perra…” y con esas palabras insultantes se desfogaba. Sin embargo, los que le oían, por su acento catalán cerrado, entendían “perricholi”.
Al poco tiempo, la sociedad limeña llamaba a Micaela “la perricholi” con menosprecio. Pero a ella no le importaba, conseguía todo lo que se proponía. Llegó a tener un carruaje chapado con adornos de plata y hasta un palacete. El romance con el Virrey- Marqués de Castellbell-, se convirtió en la relación más escandalosa del siglo XVIII, hasta erigirse en el centro de la vida social limeña.
Un día, desesperado el Marqués, solicitó ayuda al Arzobispo porque llevaba más de tres meses sin ver a “la perricholi”.
-La muy desgraciada no quiere verme –se quejó el Virrey-. Haga algo, vuestra excelencia.
El Arzobispo sonrió burlonamente.
-¿Acaso estáis casado? –preguntó-. Toda Lima, incluso el mismísimo Carlos III conoce vuestros amoríos con la muchachita, y me ponéis en una situación comprometida al hacer la vista gorda.
El Virrey se revolvió como un león herido, miró al Arzobispo con los ojos inyectados en sangre, y profirió:
-¿Y vos creéis que toda Lima no conoce el pasadizo secreto entre vuestros aposentos y el convento? –exclamó, levantando un dedo amenazante.
El Arzobispo bajó la mirada.
-Bien, algo haremos –respondió en el acto.
Tras un silencio cargado en reproches comprendidos, el Marqués reinició el dialogo:
-Me ha dicho que le ponga la luna a sus pies…
El Arzobispo levantó las cejas, luego frunció el ceño.
-¿Sigue en Palacio el arquitecto sevillano? –preguntó el Arzobispo en un tono como si tuviera la solución.
-Marcha mañana para España –dijo el Marqués, extrañado con la pregunta.
-Decidle que se quede un par de semanas –pidió el representante de la curia.
Al día siguiente, el jardín del Palacio del Virrey, era una colmena. Acudió un centenar de hombres cargados con sus aperos de trabajo y unas veinte mulas. Oían con atención las instrucciones del arquitecto sevillano. Éste, con su voz aflautada y acento andaluz, les explicaba lo que tenían que hacer.
En dos semanas, aquel maremágnum de piedras, ladrillos, mulas y azadas empezó a tomar forma. Apareció un estanque de forma circular, rodeado por unos pilares que terminaban en unos arcos de estilo francés cargados de enredaderas y exóticas flores. Sólo había un banco para dos personas. Extrañamente, el banco estaba mirando hacia el arco que daba al Este, el que no llevaba ninguna vegetación. Únicamente los pilares y los soportes del arco estaban adornados con figuras barrocas dejando libre la visión hacia el cielo azul. El Marqués se preguntaba por qué el arquitecto había dejado ese arco sin ornamentación mirando al cielo. La respuesta la iba a tener esa misma noche.
El Arzobispo explicó con detalle al Marqués las instrucciones que le había dado el arquitecto.
-Excelentísimo Señor –dijo con voz grave-. A las doce en punto de la noche debéis sentaros en el banco con vuestra amada. Volverá a ser vuestra: tendrá la luna a sus pies.
¿Qué había pasado? Muy sencillo. El arquitecto sevillano hizo cálculos matemáticos y astrológicos para que la luna penetrara por el arco diáfano y se reflejara en las aguas del estanque, a los pies de quien estuviera sentado en el engalanado banco. No había error posible.
El perfume de las flores, la suave brisa primaveral, champan francés y unos violines en la distancia, hicieron todo lo demás. “La Perricholi” y el Marqués de Castellbell vivieron un romance apasionado durante catorce años. Fruto de ese amor, nació Manolito, que no llegó a heredar el título de Marqués porque sus padres no estaban legalmente casados.

Copyright antonio capel riera

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