domingo, 12 de abril de 2015

LA BAILARINA Y EL NAUFRAGIO DEL ‘COSTA CONCORDIA’



-¡Cómo te pareces a Marilyn! –dijo el capitán Francesco Schettino, con ojos libidinosos, mientras apuraba una copa de vino tinto gran reserva.  
La rubia bailarina moldava lo miraba complacida. Sabía que lo tenía encandilado.  No había nada más que ver cuantas atenciones estaba recibiendo del arrogante capitán. Ambos se encontraban cenando en la parte más exclusiva del lujoso Costa Concordia, bajo la atenta mirada de Antonello, el jefe de camareros.
Sin embargo, el capitán Francesco no estaba seguro si tras la cena iba a consumar su irreprimible deseo carnal. Pretendía impresionar a la joven a toda costa, quería esa misma noche aplacar su desaforado instinto sexual y ansiaba regodearse con la bailarina en su lujoso tálamo. Realmente estaba obsesionado desde que la vio actuar en el teatro del fastuoso buque en la anterior travesía.
Como no estaba seguro de conseguir su objetivo, el capitán Francesco se socorría de su fiel  maître. 
-Antonello, tráenos champan –dijo con arrogancia -. Pero que sea un Louis Roederer Cristal Rosé 2002. 
El maître entornó los ojos, sorprendido que le ordenara descorchar una botella de 500 € por una simple y desconocida bailarina.
La noche del 13 de enero de 2012, aquella mole de 17 pisos y 114 toneladas, navegaba cerca de la isla del Giglio, y Antonello, conociendo la debilidad del capitán por la joven Domnica, aprovechó para que se marcara una fanfarronada delante de ella.
-Capitán Francesco… mi familia vive en la isla del Giglio… -dijo en clave de súplica. El voluptuoso capitán lo entendió al instante.
-¡Avisa a tu familia! Vamos a acercarnos a modo de saludo –dijo brindando con el caro champán.
El maître resopló de alegría. Inmediatamente llamó a través de su móvil a toda la familia y amigos. Se hizo fotos con el capitán y los envió por WhatsApp a todo el que podía en la isla. Iba a ser todo un espectáculo ver navegar uno de los trasatlánticos más grandes y lujosos del mundo enfrente de su casa.
Sin embargo, Antonello se preguntaba cómo la rubia bailarina había cautivado al capitán. Además, en este crucero no actuaba la compañía de Domnica. Lo hizo tres meses antes, y ahí fue donde surgió el encaprichamiento del cincuentón marino. En un momento de espontaneidad merced al champán, mientras Domnica se ausentó para ir la toilette, el capitán le manifestó a Antonello “que lo tenía cegado desde que la vio actuar vestida de hawaiana”
-Y no voy a parar hasta poseerla –dijo con arrogancia mirando al maître, alzando su copa.
Antonello sonrió. No supo qué decir; era el capitán.
En ese instante llegó Domnica. El capitán Francesco se levantó con exagerada cortesía, apremiándola a que le siguiera con destino al Puente de Mando. Quería hacer la demostración cuanto antes, de ese modo, prontamente la tendría disfrutando en su ostentosa alcoba. 
Desde una de las sólidas barandas, el maître Antonello miraba con júbilo y alborozo a sus familiares y amigos. Orgulloso enviaba SMS y selfies abrazado al capitán para presumir que gozaba de su amistad, a la vez que agitaba el brazo para ser localizado prontamente. 
De repente, a las 21:42 horas se oyó un fuerte golpe que sacudió al enorme buque, y aquel gigante de 17 pisos empezó a hundirse a cámara lenta. Muchos de los 4.200 pasajeros aún no habían terminado de cenar, mientras otros bailaban en el gran salón de baile. Se instaló el pánico y los pasajeros empezaron a lanzarse al agua. 
-¿Pero usted no es el capitán?  -preguntó uno de la isla al reconocer al capitán por los selfies que Antonello había enviado.
Miserablemente, el capitán Francesco Schettino, fue uno de los primeros en huir del barco. El capitán napolitano, violó una de las reglas más viejas de la marinería: decidió abandonar el barco antes de que todos los pasajeros se pudieran poner a salvo.
Fue un cobarde, cuya excitación lujuriosa costó la vida de 32 personas y la pérdida del más grande crucero italiano.
©antoniocapelriera

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