domingo, 1 de junio de 2014

LOS ESCONJURADEROS




A mi primo Pepe, arquitecto de profesión, le dio por investigar pequeñas construcciones ubicadas en el Pirineo, sobre todo aragonés, llamados ESCONJURADEROS. Al principio, lo hacía por diversión, aprovechando que Andrés y yo – tres amigos inseparables- nos divertía hacer excursiones por las excelsas montañas. Sin embargo, llegó a implicarse tanto con los pequeños templetes, que se convirtió en un erudito internacional.
A menudo nos daba datos y ligeras explicaciones de los mismos. Andrés y yo, creíamos que lo hacía simplemente para matar el tiempo, mientras degustábamos de unos enromes bocadillos de jamón y queso, regados con buen vino guardado en una añeja bota de cuero, que nada más verla, invitaba a atizarse un buen chorro.
Lo cierto es, que esos pequeños templetes de no más de 6 m. de lado, abiertos a los cuatro puntos cardinales por arcos de medio punto, tenían un poder oculto. Hechizaban y encantaban a los que se cobijaban en el.
Y tenía su explicación: habían sido construidos para conjurar las tormentas u otros desastres naturales. Las lluvias intensas, los rayos y truenos tuvieron amedrentados a nuestros antepasados, principalmente a aquellos cuyas vidas dependían de la climatología. Perder los cultivos, ganado, la casa…en unos minutos tuvo que ser, y es,  un hecho aciago.
Recuerdo que, cada vez que nos habíamos cobijado en alguno de ellos, volvíamos a casa con la personalidad trastornada. Mi primo Pepe hacía unos conjuros en un dialecto ininteligible sin saber lo que decía; Andrés cantaba en un inglés perfecto canciones de Frank Sinatra, cuando jamás sabía decir un ‘ok’ en condiciones, y además, traducía correctamente lo que decía. Y con respecto a mi, me daba por escribir en cualquier sitio: servilletas, trozos de papel, puertas, paredes, coches, etc…¡y hasta en la ducha!
Tratábamos de buscar explicaciones hasta en lo más estrafalario: al principio le echamos la culpa al vino, luego al cuero de la bota por si tenía algún hongo alucinógeno…¡Pues no! Cambiamos de vino y de recipiente. Y nos ocurría lo mismo. Volvíamos trastornados.
Nos hablaron de un erudito en ciencias ocultas y demás nigromancias; decían que era un experto en encantamientos y hechizos. Cuando lo conocimos, nos dio buena impresión; quizás más por su edad y atuendo que por su don. Lo invitamos a visitar el esconjuradero y acepto. Se pertrechó de sus artilugios mágicos y nos encaminamos al templete ubicado en lo alto de una colina. Cuando terminó la sesión, quedamos pasmados; el nigromante se desató su canosa coleta y se puso a bailar y cantar coplas. ¡Decía que era Mari Fe de Triana!
Llegamos a la conclusión –nada científica, por supuesto- que las paredes estaban impregnadas con moléculas de las creencias y tradiciones paganas y católicas del albor de los tiempos, que afectaban a la psique y el soma.
©Antoniocapelriera

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