domingo, 11 de noviembre de 2012

‘Síndrome de Stendhal’ o ‘Enfermar de belleza’





Todos eran jóvenes médicos residentes, desparramaban ilusión y ganas por aprender. Admisión de Urgencias de cualquier Hospital de la Región de Murcia, era el lugar más solicitado por todos aquellos flamantes médicos que realmente aman su profesión. “Es donde más se aprende” decía uno; “Se ven patologías de las más insospechadas”, decía otro.
Y era cierto.
A Urgencias acudían pacientes de diversa patología: accidentes laborales, tráfico o domésticos; y también por enfermedades de etiología variada.
Una noche de verano ingresó un personaje que llamó la atención de los Residentes de Guardia. Iba acompañado de ilustres –preocupados- del mundo de la cultura. Aparentemente no tenía nada grave. Presentaba unos ligeros vértigos, leve taquicardia, pero sobre todo una profunda congoja.
-¿Ha tenido un disgusto? –preguntó uno de los jóvenes facultativos mientras lo auscultaba.
El paciente con la mirada perdida negaba moviendo la cabeza.
-¿Ha sido atracado? –preguntó otro.
También lo negaba. No había forma de sacarle palabra. “Lo mejor será preguntar a los acompañantes” dijo el médico que llevaba la voz cantante. Realmente estaba interesado en el caso.
-¿Ustedes estaban con el paciente cuando le aparecieron los síntomas?
-Sí –respondió el que parecía hacer de portavoz del grupo.
-¿Qué estaba haciendo? –preguntó el facultativo.
Los acompañantes se miraron turbados; al cabo de unos instantes respondió el que hacía de portavoz:
-Viendo la puesta de sol en el Mar Menor –dijo con voz trémula, avergonzado por la causa -.Parecía extasiado.
¿Quién podía creer que por ver una puesta de sol en el Mar Menor podía producirle un síncope? El médico volvió a repasar el electrocardiograma y bioquímica en sangre; todo estaba normal. ¿Qué estaba pasando con este paciente?
Los animosos médicos decidieron que había que consultar con el Jefe de Guardia; un galeno veterano y curtido, con más de 20 años de experiencia.
Al cabo de un instante se presentó el Jefe de Guardia, lanzando un sonoro resoplido tras un bostezo. Echó una ojeada al paciente, sobre todo a los acompañantes.
-¿A qué se dedica este señor? –preguntó deliberadamente tras ver la casta de amigos que habían venido con él.
-Es poeta y pintor –respondió uno de los amigos.
-¿Y ustedes?
-También somos del gremio poético y cultural de la ciudad –añadió otro.
El veterano médico volvió a mirar al cariacontecido enfermo.
-¿Es extranjero, verdad?
-Sí, escocés.
El Jefe de Guardia se dirigió a los médicos residentes y les preguntó:
-¿Habéis oído hablar del ‘Síndrome de Stendhal’?
Todos se excusaron, desconocían su existencia.
-Id a la Biblioteca Médica y en diez minutos os quiero aquí con un diagnóstico –ordenó con firmeza.
Resulta que existe una enfermedad denominada ‘Síndrome de Stendhal’ o ‘Enfermar de belleza’, también llamado ‘Sindrome de Florencia’. La causa es por un exceso de belleza, tal como le sucedió al escritor francés Stendhal en 1817 cuando visitó Florencia. Ocurrió que al entrar en la Basílica de Santa Crote, quedó impactado de tanta hermosura y magnificencia que le sobrevino un cuadro clínico cardíaco, vértigos y obnubilación. De ahí viene el nombre del ‘Síndrome de Stendhal’.
Al cabo de media hora, se hicieron presentes los residentes en la sala de Sesiones Clínicas; habían investigado en los archivos y en la biblioteca del Hospital, también en revistas médicas y a través de internet.
La sorpresa de los jóvenes médicos fue mayúscula; no entendían cómo se podía enfermar de belleza, y ante la cara de incredulidad que manifestaban, el Jefe de Guardia les ilustró dicho síndrome.
-¿Recordáis lo que dijo Paracelso?  -dijo el veterano médico-. Todo es tóxico a dosis excesivas. Y la belleza puede serlo.
Los médicos residentes oían con sumo interés al Jefe de Guardia.
-Pero ¿cómo se produce la causa-efecto? –preguntó uno de los médicos en ciernes.
-Muy sencillo-dijo el médico veterano-. No es la sustancia; es la dosis la que hace enfermar. Un medicamento en la dosis adecuada puede curar, pero administrada demás puede matar. Y esto no es válido sólo para las sustancias químicas; también actúa en el alma humana, en la psique…
El Jefe de Guardia volvió a examinar al blanquecino y pecoso paciente escocés. Luego volvió a dirigirse a sus residentes:
-¿Veis a este escocés? ¡En su vida ha visto un atardecer lleno de luminosidad y fulgor como los del Mar Menor! –afirmó con rotundidad-.Además, si tiene un espíritu sensible e impresionable, la dosis de sol mediterráneo actuó como una sobredosis.
Tenía razón el médico veterano. El escocés jamás había salido de su lluviosa y oscura Escocia; de pronto, sus amigos, amantes de lo bello y estético, lo invitaron a disfrutar de un atardecer a orillas del Mar Menor. Casi fue su colofón vital… por exceso de belleza.

©antoniocapelriera



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