domingo, 22 de julio de 2012

POTOSÍ, EL COFRE DE EUROPA


Potosí era, sin duda, la ciudad más fastuosa y bella de América y una de las más pobladas del mundo. En ella se reunía de todo lo mejor de Europa; la excelente cocina, el fascinante mundo de la moda y la alta costura; teatros, salas de baile…y de juegos. También, ¡cómo no! hermosas mujeres de dudosa reputación.
-Vuestra merced no lo creía, ¿verdad? –dice el arzobispo Pedro de Villagómez, señalando el teatro de la calle Mayor.
-¡Por supuesto que lo creo! –responde el virrey –. Hay más habitantes aquí que Madrid en estos momentos.
Y tenía razón el virrey Luis Enríquez de Guzmán.
Madrid estaba por debajo en número de habitantes con respecto a Potosí; Londres y París no muy por encima. Pero había una gran diferencia entre la bella Villa Imperial potosina con estas ciudades europeas: la fastuosidad de la Villa Imperial y el declive de las metrópolis del viejo continente no tenía parangón. La vieja Europa vivía a costa de la riqueza que producía la Villa Imperial de Potosí. Con singular frecuencia zarpaban barcos cargados de oro y plata directamente a Sevilla, donde los ávidos banqueros del Rey de España, los alemanes Fugger y Welser, esperaban el mineral precioso para negociar en la vieja Europa sin competencia alguna. Tenían el monopolio; el mismísimo rey lo aprobaba.
Pero el virrey estaba de muy mal humor. La nao capitana de la Armada del Sur, bautizada como San Francisco Solano, acababa de hundirse con 600 hombres y seis millones de pesos en oro y plata. Y la nueva orden recibida de Felipe IV, el Grande, era que tenía que enviar a España un millón de pesos con la mayor brevedad posible.
-¿No quiere recaudar dinero? La función de esta noche es una de las más caras de la temporada –le informa el arzobispo irónicamente.
-No le entiendo –indica el virrey Luis Enríquez de Guzmán, mirándolo con interés.
El arzobispo sonrió maliciosamente.
-Si usted arranca tan sólo los botones del ropaje de las numerosas damas de alto copete que asistirán a la función, y las empuñaduras de las armas que guardan en el chaleco de terciopelo los engolados caballeros, le quedaría bastante menos para conseguir el millón –le asegura con ironía el arzobispo.
-¿Tanto llevan encima? –se sorprende el recién llegado virrey.
-¡Vive Dios! –exclama el representante de la Iglesia -. ¡Hasta las suelas de los zapatitos de las damas son finas láminas de plata!
Y era cierto. Encajes, puntillas y bordados dejaban ver finos hilos de oro y plata relucientes. Muchos españoles altaneros y soberbios hacían poner herraduras de plata en sus cabalgaduras.
-¿Y qué dice la iglesia ante tanto derroche? –pregunta el virrey con cierta apatía.
El arzobispo sonríe otra vez socarronamente.
-¿Qué va a decir si los altares de España están repletos de candelabros de oro y plata?
El virrey no salía de su asombro; unas veces por lo que veía en las calles, admirando cuando se cruzaba con algún carruaje con los asientos chapados en plata; y otras, por la información que le daba el arzobispo.
Sin duda que Potosí era un derroche de riqueza; había más iglesias por metro cuadrado que en toda Europa; otro tanto acontecía con residencias, palacios y plazas engalanadas opulentamente. Las artes cobraron un auge inusitado; se había convertido en la ciudad más grande de América y la más rica del mundo. Era la joya del imperio español. El mismísimo Miguel de Cervantes creó la frase de ¡vale un Potosí! para expresar el altísimo valor de un objeto.
Potosí salvó la maltrecha economía de la vieja Europa cortesana.
Excepto Cervantes, ¿quién se acuerda de Potosí actualmente?

Copyright  © Antonio Capel Riera

1 comentario:

Ivette Durán Calderón dijo...

"Vale un Potosí" sinónimo de magnificencia,valor incalculable, riqueza y fastuosidad.
Magnífico relato.