domingo, 26 de febrero de 2012

-¡Maravillas! –vocifera el capitán Valdivieso, enfadado, dirigiéndose a su esposa.
-¿Qué ocurre? –pregunta, asustada la mujer.
-¡El niño está en la calle! Llámalo o lo traigo de una oreja –amenaza el militar con voz cuartelera.
Maravillas Henarejos, la sufrida madre, siempre estaba al quite.
-Pero si está jugando con sus amiguitos…no te enfades.
-Yo no me enfado, me limito a hacértelo notar. ¿Por qué no te ocupas en ver a qué juega?  Sus amiguitos están jugando con unas espadas de madera, y tu hijo, en una esquina pintando con las nenas. ¡Domingo Valdivieso tiene que ser militar, como su padre!
-Le gusta pintar; no veo por qué hay que obligarlo a ser militar –justifica la madre, intentando apaciguarlo.
-¿Quieres buscarme las cosquillas? Ya sabes cómo son los pueblos, rápidamente comienzan las murmuraciones. Los niños juegan a la guerra, no con dibujitos.
Y era cierto.
Mazarrón, por el año 1840, era un pequeño pueblo minero, donde se explotaba el alumbre, el cual era empleado para fijar los colores en la industria textil. De ahí que Domingo Valdivieso se sintiera atraído por la pintura y el dibujo, y no había mejor lugar para pintar que en las paredes de algunas casas abandonadas, utilizando el alumbre como fijador.
-¡Es espantoso! –murmura el capitán Valdivieso -. A este niño hay que enviarlo a Murcia.
-¿Por qué? –pregunta su mujer-. Aún es un niño, ¿no te da pena?
-Claro que me da pena, pero más pena me daría que se metieran con sus gustos. Lo enviaremos a casa de un primo y que estudie en Murcia. Ya sabes, en los pueblos hay mucha malicia y no quiero partirle la cara a nadie –exclama dirigiéndose a su mujer-.  No hay que pensarlo más, si le gusta pintar, pues que pinte pero como Dios manda. Que vaya a una academia…
Doña Maravillas Henarejos solloza y hace un gesto de resignación, dando por hecho su marcha del pueblo. Transcurren algunos días y Domingo Valdivieso se instala en Murcia. Poco tarda en adaptarse, y también pronto empieza destacar como dibujante. Cuando termina el bachillerato, el Director recomienda a sus padres que lo envíe a la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Y así fue. Tras terminar sus estudios en San Fernando viaja a París y Roma para adquirir más conocimientos técnicos. Después de su etapa romana viaja a Madrid para trabajar como profesor de ‘Anatomía Pictórica’ en la Escuela Superior de Bellas Artes de la ciudad, compaginando el trabajo como pintor, correspondiendo al encargo de muchos cortesanos de la época.
Al cabo de los años, Domingo Valdivieso, después de muchas dificultades, consigue hacerse un nombre en el gremio pictórico. Obtiene una medalla en la Exposición Nacional en 1864, cuando contaba con 34 años, cuya obra fue adquirida por el Estado.
-¿Y cómo dice que se llama esta obra? –pregunta con admiración un erudito en la materia venido de Norteamérica.
-“El Descendimiento” –responde el jefe de conservación de pintura del Museo del Prado.
-¡Qué maravilla! –exclama, mientras daba unos pasitos hacia atrás para encontrar la distancia correcta para apreciar mejor el cuadro-. ¿Y dice que es murciano?
-Sí, nacido en Mazarrón –afirmó el responsable de conservación.
-¿Y dice que el pintor Eduardo Rosales posaba para él?
-Así es, eran muy amigos. Se conocieron en Roma.
-Entonces, se puede decir que la anatomía del Cristo es Rosales, ¿verdad? –pregunta con curiosidad el erudito y marchante de Nueva York.
-Sí, también posó para el “Cristo yaciente”, que se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Murcia –informó el conservador del Prado.
El marchante contemplaba extasiado el colorido y el tinte tan original de su obra. “Qué lástima que haya muerto tan joven, pudo haber sido el sucesor de Goya”, pensó para sí. El mazarronero Domingo Valdivieso murió a la edad de 42 años debido a un derrame cerebral.

©antoniocapelriera

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