miércoles, 17 de agosto de 2011

Lo siento, Paul Newman, pero Butch Cassidy no está enterrado en Bolivia



La imagen, sacada en 1900 en Fort Worth (Tejas), retrata al bandido Butch Cassidy (sentado, a la derecha) y su banda. También sentado, pero a la izquierda, aparece su compañero Sundance Kid.- AP/NEVADA HISTORICAL SOCIETY


-¿Y usted está seguro de que no es Butch Cassidy? –preguntó el periodista al indígena, mirando la fosa. Todo el mundo creía enterrado en Bolivia al pistolero ladrón de bancos.

El viejo y desdentado autóctono de piel cobriza, intentaba mirar con el único ojo que le quedaba.
-Seguro, señor periodista –contestó, apoyándose en la vieja pala, y abrigándose con el raído poncho.
Mr. Smith volvió a mirar la oscura fosa. Intentaba descubrir alguna pista que le condujera al legendario atracador de bancos americano. Y no encontró nada convincente. Había algunos jirones de tela, que más bien parecían restos de poncho, como los que llevaba el indígena Huanca.
El americano del Washington Post se volvió al indígena:
-Dígame, ¿por qué está tan seguro de que no es?-inquirió al pobre viejo.
-Porque mi padre enterró a otro –dijo mirando a la mano del estadounidense. Sabía que por cada palabra que soltara podía sacarle un dólar. No era tonto Huanca, aunque lo parecía.
-¿Y por qué lo hizo?
-Por plata, mucha platita –respondió al instante Huanca, moviendo el índice y el pulgar.
El periodista sacó una grabadora y le dio al botón de rec.
-Si usted me cuenta todo lo que sabe le daré platita-dijo entregándole un billete de 100 dólares.
Al indígena le brilló con codicia el único ojo.
-Fue muy sencillo. Les balearon los soldados, era de noche. Y después del tiroteo se hizo silencio, y mandaron a mi padre a enterrarlos a los dos -dijo extendiendo la mano para recoger otro billete-. Pero uno no estaba muerto, el otro sí.
Y así sucedió.
El padre de Huanca era el sepulturero, y al acercarse comprobó que uno de los forajidos estaba herido pero se hacía el muerto. Era Cassidy, el maestro del timo y de la improvisación. En una de sus manos tenía un fajo de billetes. Y al acercarse el sepulturero, le dijo: “Te daré otro fajo si me sacas de aquí”.
El sepulturero gritó a los soldados en la oscura noche: “Me los llevo al cementerio. Están agujerados por los cuatro costados”
Durante la noche, el padre de Huanca sólo enterró al compinche, al vivo le ayudó a curar sus heridas y lo ocultó en una casita en el valle. Una joven indígena le llevaba agua y comida, con la que terminó amancebándose. Al poco de estar repuesto, la indígena y él se marcharon a los valles tropicales cambiándose el nombre. Se hizo llamar James Blackthron. Construyó un enorme rancho en una extensión de más de cinco mil hectáreas; llegó a poseer más de 500 cabezas de ganado y 30 caballos de silla, además de gallinas y algunas ovejas. Trabajaban cinco peones en las labores del rancho; y para el cuidado de la casa tenía a más de diez mujeres. Dicen que con cada una de ellas tuvo un hijo.
Un buen día decidió regresar a los Estados Unidos para dar una sorpresa a su familia. Los hermanos y su anciano padre tenían la costumbre de reunirse el Día de Acción de Gracias, y, de pronto, apareció Butch Cassidy, de punta en blanco con su sombrero de bombín que tanto le gustaba.
Desde entonces, no regresó a Bolivia.
El periodista, pensativo, empezó a creer la conjetura de que Butch Cassidy jamás estuvo enterrado en Bolivia. Butch Cassidy murió en un hospital de los Estados Unidos en el año 1937. Sus posesiones en Bolivia las administran sus hijos y nietos, y hasta el día de hoy cuentan con numerosas cabezas de ganado y un sinnúmero de nietos.

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