viernes, 24 de junio de 2011

Y llovió polvo fuliginoso

Lorca padecía. La ciudad estaba envuelta en el crepúsculo del atardecer. El polvo rojizo caía lentamente, se hacía más visible alrededor de las farolas encendidas, extendiéndose en fina capa sobre los coches, aceras, tejados…
Un fibroso hombre también estaba polvoriento. Sentado en el tractor, encorvado, casi tocando el volante con la cara, permanecía inmóvil. Se podría decir que ni el desprendimiento de algún escombro que le cayese encima le sacaría de su quietud.
Su tractor estaba también cubierto por el polvo cobrizo, con el motor ronroneando. Era el único ruido que se oía en la desolada plaza. El hombre estaba sumido en profundas reflexiones. La vibración del motor lo tenía adormecido, era mejor así.
Tras un rato de permanecer inmóvil con la cara pegada al volante, el tractorista se levantó y miró al lugar donde antes había una casa. Su casa. Su casa ya no existía. Trataba de ver a la distancia, pero el fino polvo encarnado no se lo permitía. Quería buscar algún atisbo de vida. No había señales que hubiese vida hasta donde su vista alcanzaba. No podía comprender qué había sucedido. ¿Dónde estaba la gente?
Las sombras iban cubriendo la pequeña plaza. El ronroneo del motor continuaba. El tractorista no encontraba explicación alguna. La luz de la farola de la esquina donde un día estuvo su casa se iba haciendo más intensa, el polvo la abrazaba.
-¡Quítese de ahí! – dijo una voz invisible.
El tractorista intentó localizar de dónde provenía la voz. No se movió, tan sólo dio un acelerón al motor.
-¡Lárguese de ahí! –dijo otro. Esta vez el tractorista localizó al gritón. Era un militar.
-¿Dónde está mi casa? – preguntó con un susurro.
-¿No te has enterado que hubo un terremoto?
Llegaron más militares, se asombraron de verlo con el motor del tractor en marcha. No entendían cómo había llegado hasta ahí, y tampoco porqué no se había alejado del lugar. Era el único que estaba por las inmediaciones.
-¡Vaya un palurdo! –dijo un militar-. ¡Mueve el tractor!
Siguieron oyéndose improperios y juramentos de los militares. El tractorista parecía aturdido, desorientado y miraba hacia alrededor como si acabara de despertar de una pesadilla.
-¡Atontado! ¡Quita el tractor de una vez! –dijo con tono amenazante un militar-. Esto es una evacuación, vete al campamento ¡espabila!
Un soldado hizo amago de subir al tractor, y de pronto, el motor rugió y el tractor dio un brinco, como un potro salvaje. Los militares se echaron hacia atrás, asustados.
-¡Imbécil! ¿Estás loco? –dijo uno que parecía ser el jefe del grupo.
-¡No estoy loco! ¡De aquí no me mueve nadie! –dijo el tractorista en tono amenazante, dando acelerones.
Afortunadamente, en ese instante llegó un funcionario del Ayuntamiento que conocía al indómito tractorista. Se acercó, y al verle, éste cambió el rictus de enfado que había en su rostro. “De aquí solo me sacan con los pies por delante”, dijo contundentemente al funcionario.
El funcionario lo entendió perfectamente. Se dirigió a los militares, y volviéndose al que hacía de Jefe, le explicó el caso del iracundo tractorista. Los militares depusieron su actitud rígida y severa, dejando sólo al hombre del tractor.
Resulta que el rudo labrador del tractor, acababa de sufrir dos pérdidas irreparables: su hija y su mujer. Fallecieron en trágico accidente. No tenía más familia en su dura y humilde vida que las dos mujeres, a las que adoraba hasta la sublimación.
Sólo quería encontrar dos fotos: la de su boda, y la de la Primera Comunión de su hijita. Y juró que no se movería hasta encontrar los únicos recuerdos que le habían quedado. Por eso trajo el tractor; estaba dispuesto a remover hasta el último escombro de lo que había quedado de su humilde morada.

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