domingo, 3 de abril de 2011

Pedrito, el asistente del coronel


El coronel Antonio Martínez, que se encuentra destinado en el Cuartel General de Melilla, está sentado en su cómodo sillón de cuero, sumido en un dulce sopor después de una opípara comida de despedida.
Está finalizando la primavera. El sol africano lanza sus rayos anunciando que el verano está a la vuelta de la esquina; los vientos del estrecho apaciguan los primeros calores. ¡Bienvenido, verano!
Esta transformación de primavera a verano tiene una belleza extraña, llena de colores y olores; pero el coronel Martínez, aunque buen militar y amante de maniobras al aire libre, en esta ocasión pasa de su atractiva perspectiva. Tiene sus pensamientos en el limbo, sabe que al día siguiente tiene que mudarse a la península.
El escritorio, las estanterías, el suelo, todo está cubierto de paquetes, de cuadros, de trofeos, y de todos los recuerdos. Se han quitado los banderines de los regimientos en los que ha estado destinado. Al día siguiente, ¡con todo el dolor de su corazón!, sus nueve hijos y su mujer se trasladarán a su nuevo puesto en la península.
La mujer del coronel no está en casa. Ha salido con el asistente en busca de sourvenirs para los parientes de la ciudad.
Su hija Maruchi, de veinte años, aprovechando la ausencia materna, ha llamado al teniente Carrasco. Mañana se separan y quiere encerrarse unos minutos en el cuarto de baño del Pabellón de Oficiales, situado a escasos metros del domicilio del coronel. A los pocos minutos llega. La joven habla y jadea casi al mismo tiempo; pero se cimbrea más que profiere palabra inteligible. Mira con admiración la bien cuidada barba del oficial, aspira el intenso olor a Old Spice y acaricia su hidratado cutis. Ninguna de las mujeres que Maruchi conoce tiene la cara tan bien mimada. Si hubiese un concurso de cutis, sin duda que el joven teniente ganaría.
“¿Y Pedrito?”, pregunta el teniente. “¡Qué Pedrito! ¡Acaríciame y muévete!", responde la hija del coronel.
El coronel Martínez sigue ensimismado, bosteza. De pronto da un golpe en la mesa a modo de haber tomado una decisión irrefutable. “Pedrito se viene a la península”, dijo por lo bajini.
Pero, ¿Quién es Pedrito?
Pedrito es el asistente del coronel. Es el que lleva los niños al colegio, los recoge, lo baña. Hace la compra con la señora del coronel, ayuda en la cocina, pone la lavadora… ¡Pedrito es un sol! Pero hay un detalle: Pedrito es maricón.
El coronel manda llamar a Pedrito.
-¿Quieres venirte con nosotros a Madrid? –pregunta el coronel.
-Por supuesto que sí, mi coronel.
-Te daré un pase especial.
El coronel, después de despedir a Pedrito, se queda analizando la decisión tomada. “Este maricón es el que lleva la casa”. Y tiene razón: gobierna a los nueve hijos e inclusive a la mujer. Precisamente hoy está con la mujer mirando trapitos en los bazares más emblemáticos de Melilla.
-Mañana nos vamos- dice Maruchi, sudorosa y satisfecha.
-Ya lo sé –responde el teniente.
-¿Me echarás de menos?
-Claro que sí –dice dándole una palmada en la prieta nalga, y añade: -¡Menos mal que Pedrito me cocinará! Tiene buena mano para la cocina.
-Pedrito viene con nosotros –dice Maruchi.
-¿Cómo? -pregunta sorprendido -¿Pedrito se va con vosotros?
-Sí; papá así lo ha dispuesto.
La cara del teniente se traspuso. Se vistió de prisa.
-¿Adónde vas?
-A ver a tu padre.
-Mi coronel, solicito ir a Madrid con usted –dice el teniente Carrasco en posición de firmes.
El coronel lo mira, luego dirige su vista por los ventanales hacia el estrecho, fijando la mirada en el Peñón de Gibraltar.
-¿Ves la roca?... Cuando los ingleses nos la devuelvan vendrás conmigo.
-No entiendo, mi coronel –responde algo turbado el depilado oficial.
-¡En mi casa con un maricón basta!

1 comentario:

Perlita dijo...

¿Es verdad el relato o producto de tu imaginación? ¡Qué cosa más graiosa...! Debo estar un poco lela porque..¿Quieres decir que el teniente Carrasco es también mariposilla loca? ¿Va por la hija del coronel? ¡Ja, ja...!
He vivido en Ceuta, frente al Peñón y "he visto" la escena con la comicidad que se merece el asunto. Menos mal que esos coroneles son diligentes y sin aquellos soldados que hicieran de ordenanzas eficaces.
Un saludo, Carmen Sabater