domingo, 16 de enero de 2011

"Que seas feliz..."

Después de trabajar casi diez horas planchando sábanas y fundas en la lavandería del Hospital, María volvía con rapidez a su casa. Tenía que preparar la comida antes de que su novio retornara de la Facultad de Medicina, para después de comer, ir a fregar las escaleras de un edificio en el centro de la ciudad. Su preocupación era no perder el autobús; si no lo alcanzaba debía hacer el trayecto a pie desde la huerta, y no le daba gusto pasar cerca de una obra, los albañiles le lanzaban piropos subidos de tono.
María estaba en la edad más tentadora para los hombres duros del ladrillo - veintiún hermosos abriles - y los patanes, que la conocían, estaban convencidos que caería rendida a los brazos de alguno de ellos. La tenían controlada, sabían a la hora que iba al hospital y cuando regresaba. Los piropos cada vez eran de mayor calibre. Pero María no quería esa vida de ignorancia y de duro trabajo. Fue una buena alumna en el colegio, pero por imperativos de la vida, tuvo que abandonar la escuela y ponerse a trabajar con catorce años. Comenzó cuidando niños, los últimos que atendió eran hijos de un médico. El médico, como agradecimiento por sus servicios, le informó que se había iniciado la convocatoria para cubrir las plazas de auxiliares en el Hospital. María presentó su solicitud y al poco tiempo la llamaron.
Cerca de su casa vivía José Luis, un antiguo compañero de colegio, también de clase humilde. Siempre se habían llevado bien, ambos eran los mejores alumnos de la escuela. El muchacho tuvo la suerte de poder continuar en el colegio hasta llegar a ingresar a la Universidad. Decidió estudiar medicina. Nunca dejaron de verse, se hicieron novios y prácticamente José Luis estaba todo el día en casa de María. Decía que estaba más tranquilo para estudiar, y a María le gustaba que estuviese con ella. Le ayudaba a mitigar su soledad, se había quedado huérfana. Su madre había muerto al poco de empezar a trabajar en el hospital. De su padre ni se acordaba, falleció al caerse de un andamio cuando ella aún era niña.
-Hola cariño –dijo María con ternura-. Enseguida pongo la mesa.
María preparaba la comida por la noche, de manera que al mediodía sólo tenía que calentarla al fuego. Terminaba agotada, pero no le importaba.
-Gracias, amor –dijo él, dándole un beso, dirigiéndose al sofá con unos apuntes en la mano.
-¿Has tenido prácticas? –preguntó María mientras ponía los cubiertos.
-Sí, estamos auscultando corazones –dijo señalándose el pecho, y añadió leyendo los apuntes: -Con cada latido, el corazón envía sangre a todo nuestro cuerpo; cada día 7.571 litros de sangre viajan a través de aproximadamente 96.560 kilómetros de vasos sanguíneos…
María lo oía divertida. Sabía que después de comer le iba a pedir que le leyera los apuntes mientras él dormitaba en el sofá. Se había convertido en una costumbre. Él decía que así le entraban mejor las lecciones, y la extenuada María repetía una y otra vez las aurículas y ventrículos del corazón hasta sabérselos mejor que él.
Y era cierto.
María a fuerza de repasar e insistir con los temas una y otra vez, consiguió sabérselos mejor que el propio José Luis. “¡Si no fuera por ti…!” le decía él, abrazándola y reconociendo que sin su ayuda no sería nadie…
Un día, después de venir de la Facultad, su novio le dio una buena noticia:
-Cariño –dijo con alegría-. A mi grupo le ha tocado hacer prácticas en tu hospital.
Ambos se abrazaron con alborozo. Después de muchos años iban a poder verse varias veces al día. José Luis buscaría cualquier pretexto para acercarse a la sección de lavandería para cambiarse de bata, además, en el tiempo del café podrían coincidir en la cafetería.
Al principio todo fue bien. A José Luis tan sólo le faltaban unos meses para acabar la carrera. Pero, últimamente, el futuro doctor dejó de frecuentar las visitas a la lavandería. María lo atribuyó al intenso trabajo de fin de carrera. Su novio había ganado prestigio como buen estudiante, los que le conocían le auguraban un porvenir cargado de éxitos. Muchas noches se quedaba sola, mirando el viejo reloj de cucú colocado en la pared del comedor, se acercaba a la ventana esperando, y tan sólo veía las pálidas estrellas hasta quedar rendida en el descolorido sofá.
“Cariño, despierta” le decía susurrando. Le daba pena encontrarla acurrucada en el sofá, esperándolo.
Un día, una compañera de María, al verla sola a la hora del café, le preguntó con animosidad:
-¿Hoy no viene tu doctorcito?
María no contestó. Comprendió la intención de la pregunta.
Sus veintiún años comenzaron a marchitarse, se quedaba sentada en una silla esperando, empezó a perder kilos y a ponerse pálida. Una mañana despertó vomitando, estaba embarazada. Él no se enteró, estaba de guardia.
Últimamente habían visto al joven doctor acompañado de una joven doctora. Ambos estaban en el mismo grupo, y la continua presencia de los dos ya resultaba familiar en el Hospital.
“Bueno…esta semana se gradúa y aguantaré para decírselo” pensaba María. No quería distraerlo, había sido un final de curso duro, y José Luis postulaba para obtener una plaza directa por su brillante expediente académico.
José Luis se graduó con honores. María estaba sin verlo dos días debido a las guardias, papeleos, y demás gestiones burocráticas.
Al tercer día, al llegar cansada y rendida a casa, María se encontró una rosa con una tarjeta encima de la mesa. Su corazón empezó a palpitar de alegría y felicidad. “Mi tesoro ya es médico, se acabaron las penurias” canturreaba. Planificó contarle la buena nueva ese mismo día, estaba embarazada de un mes.
Sin embargo, al abrir el sobre, un estremecimiento le atravesó el pecho, como una premonición. Sus ojos turbados, leyeron la tarjeta:
“Gracias por todo. Sin ti no lo hubiera conseguido. Me he enamorado de una compañera y estamos esperando un hijo. Que seas feliz. Un beso”.

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