sábado, 27 de noviembre de 2010

LA ENIGMÁTICA CUEVA DEL DIABLO


-¡Os lo juro por mis muertos y por la Virgen de la Macarena! –decía el soldado andaluz espantado-. ¡Lo vi con mis propios ojos!
                Todos rieron, nadie le creía.
                El soldado español tenía fama de borrachín, nadie le tomaba en serio. Siempre llevaba la bota de vino colgada al cuello.
                -¿Y dices que se juntaron los cerros de piedra? –preguntó un soldado castellano, entre risas.
                -¡Os lo juro por la Virgen de Triana! –insistía el borrachín andaluz. Le faltaban vírgenes y manos para jurar y perjurar.
                Lo cierto es que, en esos momentos el soldado estaba sobrio. No presentaba signos etílicos. De manera que despertó la duda en el capitán Don Diego de Centeno, que lo observaba desde su caballo.
                Lo mandó llamar. Sintió curiosidad, pero no por la historia que estaba contando, sino porque los de su destacamento aún no habían venido. El único que estaba presente era aquel tenaz aficionado al tinto.
                -¿Y cuántos ibais en la expedición? –preguntó el capitán.
                -Diez, vuestra merced –respondió, mostrando los diez dedos de las manos.
                -Y a vos, ¿Por qué no os aplastaron las enormes rocas? –preguntó el capitán con intención de descubrir si decía la verdad o era producto de alguna alucinación por el alcohol.
                -Porque yo iba a media legua detrás, antes de entrar en la quebrada –dijo el asustado borrachín -. Me salvé porque era el último.
                -¿Y qué pasó? –preguntó más interesado Don Diego de Centeno.
                -Me detuve para hacer mis necesidades y para echar un buchito de tinto -dijo señalando la bota de vino-. Y de pronto oí un gran estruendo. Un ruido ensordecedor, y las gigantescas rocas de la quebrada empezaron a juntarse, como si de una prensa se tratara.
                -¿Se estrecharon las montañas? –preguntó el capitán, incrédulo.
                -¡Sí, capitán! –dijo persignándose -. ¡Los estrujó a todos! No se salvó nadie, ni los caballos.
                No mentía el soldado. El camino de la quebrada despareció al juntarse los dos enormes montículos de piedra. Luego, con gran estruendo y la vez, se escuchó una despiadada carcajada, volviendo las montañas a separase dejando libre el camino de la quebrada. No quedó rastro de ningún soldado, tampoco de ningún caballo. El único indicio de que sucedió algo sobrenatural, fue el hallazgo de algunas armaduras y cascos aplastados, tan finos como una lámina.
                El capitán llamó a Diego Huallpa, el indio que descubrió el Cerro Rico de Potosí, y le preguntó si había oído algo acerca del misterioso incidente.
                -Sé que se han metido en la quebrada que lleva a la Cueva del Diablo1 y la tierra se los ha tragado –dijo con estremecimiento.
                -¿Y la carcajada? -preguntó con máximo interés el conquistador español.
                -Es de Supay, el Tío.
                -¿Supay? ¿Quién es el Tío?
                Antes de contestar, Diego Huallpa, sacó unas hojas de coca y las lanzó al aire.
                -¡…El Señor de la Oscuridad! –dijo con un susurro.
                Don Diego quedó perplejo ante la respuesta del indio. Algo de verdad debía de haber, porque Huallpa hablaba con una mezcla de respeto y temor. Y cuando lanzó las hojas de coca al aire, lo hizo como parte de un rito, para no enfadar a Supay.
                A Supay le temen tanto, como lo veneran; es protector, como destructor. Se presenta de distintas formas: unas veces como un híbrido de macho cabrío y hombre, con cuernos de chivo, rostro satírico, larga perilla y bigotes. El cuerpo es velludo y piernas de chivo con largas pezuñas, y con capa negra. Otros afirman que es casi un enano, y que sus ojos brillan en la oscuridad como los de un gato. También dicen que toma el aspecto de un hombre corriente, para mezclarse con la gente.
                El capitán Centeno, escuchaba con interés a Diego Huallpa. También dijo que podía adoptar indistintamente la forma de un sapo, víbora o perro negro.
                -¿Y cuándo aparece? –insistió. Quería saberlo todo acerca de sus costumbres.
                -Cuando se enoja –afirmó-. Ahorita está enojado. Los españoles no debían haber ido a su casa.
                -¿A su casa? –preguntó sorprendido el capitán-. ¿Vive en el paso de la quebrada?
                -No. Vive en una cueva, en la ladera de la quebrada –respondió el indio Huallpa.
                 Don Diego, se sumió en una profunda meditación. ¿Y si fuese verdad? La información que le había dado el nativo era más que suficiente. “Ahora faltan las comprobaciones”, murmuró el español.
                Don Diego mandó llamar al soldado andaluz. Empezó a creer que había algo de cierto porque el destacamento de los diez hombres no había regresado. El único testigo era el borrachín andaluz.
                -¡A la orden, capitán! –dijo el soldado andaluz con el gracejo típico de los andaluces.
                -Entonces, ¿no bebiste vino durante el recorrido? –quiso asegurarse el capitán.
                -No, ni una gota. Tengo diarrea –se quejó el soldado-. Cago más líquido que agua tiene el Guadalquivir.
                Sonó una carcajada general. Todos rieron la gracia del andaluz.
                Don Diego ni siquiera sonrió.
                -¿Viste algún animal? –prosiguió con el interrogatorio.
                -Vi una enorme serpiente, pero creí que fue por el vino –dijo el soldado.
                -¿No acabas de decir que no has probado ni una sola gota? –preguntó contrariado Don Diego.
                -Así es –respondió temeroso el borrachín.
                -¿Y…?
                -Es que me estaba cagando y creo que he visto visiones…estoy muy débil –dijo con cara de lástima.
                Otra carcajada retumbó en el aire. Los soldados se lo estaban pasando burlescamente con las ocurrencias del andaluz.
                -¡Silencio! –ordenó el capitán-. ¡Iros a vuestras ocupaciones!
                Centeno empezó a creer en el andaluz y en las informaciones suministradas por el indio Huallpa. “Voy a tener que comunicárselo al cura Acosta” murmuró.
                Don Diego quedó convencido del extraño suceso. Contrapuso las opiniones de dos personas de diferente raza, cultura y continente. Llegando a la insólita conclusión de que ¡coincidían! El capitán tenía gran devoción por San Bartolomé. “Voy a pedirle al Padre Acosta una peregrinación a la quebrada” afirmó con decisión.
                El capitán Don Diego de Centeno, se trazó un plan: conocer aquella mentada Cueva del Diablo1 que tantos rumores estaba despertando en la Villa Imperial de Carlos V. Se reunió con el Padre Acosta, era imprescindible su opinión:
                -Cuando llegó Cristo al viejo continente, echamos al demonio y se refugió aquí, en las Indias –dijo el sacerdote-. Está reinando como dueño absoluto de Potosí, ¡por eso, hemos venido a desterrarlo!
                -Estoy con vuestra merced, Santo Padre –dijo el capitán-. Cuando disponga emprenderemos la marcha.
                Tras dos semanas de preparación para la partida, el destacamento esculpió una imagen del apóstol San Bartolomé y talló una cruz de madera. Un domingo de madrugada partieron rumbo a la Cueva del Diablo, guiados por el indio Huallpa. El plan fue dejar la imagen en una cueva más pequeña, cerca de la Cueva del Diablo. No se atrevieron a colocarla en la mismísima Cueva del Maligno; el indio Huallpa les metió miedo en el cuerpo a los expedicionarios. Además, días antes, los españoles pudieron comprobar que lo que contaba era cierto, pues un atardecer, un destacamento que se aproximó a la Cueva, experimentó que de improviso sus cabalgaduras se alborotaron y no pararon hasta tirar al suelo a los jinetes.
                El Padre Acosta, al ser informado del percance de la expedición, ordenó que la imagen de San Bartolomé se colocara mirando a la cueva del demonio. Nada más colocar la imagen de frente, salió éste, bramando y haciendo un espantoso ruido, estrellándose contra la roca.
                -¡Santo Cielo! –exclamó el sacerdote.
                Algunos se santiguaban mirando atónitos el impacto del Maligno. Varios se tapaban los oídos del feroz rugido, otros, se tapaban la nariz ante un nauseabundo olor a azufre. De pronto, se produjo un sepulcral silencio y la roca fue adquiriendo un color verdinegro.
                El sacerdote fue quien reaccionó primero, y pidió ayuda para coger el cuerpo maltrecho del inicuo que yacía boca abajo.
 -¡En nombre de Dios, metamos a esta criatura en la cueva! ¡Don Diego! ¡Ayudadme! ¡De prisa! ¡Que alguien sostenga la Señal! –clamaba el cura.
                Entre varios hombres cogieron de las patas al demoníaco ser y lo arrastraron hasta su cueva.
-¡De prisa! ¡Los que estáis enfrente, traed la Cruz y asegurad bien al Santo! –ordenó el capitán Centeno.
Y así lo hicieron.
                El cielo cambió de color, el viento dejo de soplar. Todo estaba en calma. La expedición contemplaba con asombro lo que estaba ocurriendo. Encerraron al siniestro, y colocaron la Cruz para evitar que huyera.
                Desde entonces, el Maligno, quedo recluido en la cueva. Nunca más sucedieron hechos extraños al atravesar la quebrada. Desparecieron los vientos huracanados, que muchas veces lanzaban contra las rocas a los transeúntes.
                Cada año peregrinan curiosos y fieles de San Bartolomé hasta el lugar donde un día, el Diablo quedó encerrado en su propia cueva.

1Cueva del Diablo, se encuentra enclavada en la quebrada de San Bartolomé, a 7 kms. de Potosí (Bolivia)

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