domingo, 14 de noviembre de 2010

EL VIVO AL BOLLO, EL MUERTO AL HOYO

Pero si está muerto…! ¿Es que va a continuar la fiesta?
-¡Por supuesto!- dijo el anciano presidente del Hogar de Pensionistas apenas sin inmutarse.
-No lo podemos dejar aquí en medio de la pista de baile- objetó el sorprendido podólogo al presidente.
-Acomódalo en el sillón de tu consulta…
En los Hogares de Pensionistas repartidos por toda la geografía española, acontecen situaciones de las más variadas y entretenidas. Con la vejez el corazón no mejora, se endurece. Y ésta es la historia que sucedió un caluroso domingo de julio.
Se celebraba un concurso de baile en el Centro de Jubilados, para ello se había engalanado el salón con banderitas con los colores de la Enseña Nacional; en todo el recinto aparecían el rojo y el amarillo, salteados con globos de varios tamaños, destacando los alargados en forma de una gigante salchicha, que de vez en cuando estallaban produciendo un sonoro estampido que hacían saltar de la silla a alguna asustadiza anciana, seguidas de unas risas desdentadas y convulsas de algunos de los ochentones presentes.
La burla y el ridículo de los presentes se hacían ostentosos si la exclamación era desproporcionada; y por ahí empezaban las discusiones, porque entre todas las injurias las que menos se perdonan son la burla y el ridículo.
El Presidente lo tenía todo dispuesto; el músico con sus sofisticados instrumentos empezó a ambientar la reunión. Se organizó la Mesa del Jurado, cuya responsabilidad recayó en el podólogo del Centro. “Maldita la gracia que me hace”, pensaba. Y tenía razón. Un domingo de julio a 40º grados y a las cinco de la tarde no daría ganas a ningún mortal, y más al podólogo quien tuvo que desplazarse de la playa para presidir dicho concurso a petición de la Junta Directiva del Centro.
El Presidente tras hacer la presentación del Jurado del Concurso y del músico e informar de las bases del mismo, ordenó el inicio de la competición. Empezaron a retumbar en el salón los compases de un pasodoble español, abuelos y abuelas, de un salto, como si estuviesen impulsados con un resorte en los glúteos, se pusieron en pie olvidándose de sus oxidadas rodillas y demás artrosis varias. Bailaban en parejas, siendo la mayoría ‘arrejuntados’, no porque no pudieran casarse como Dios manda, porque si lo hacían legalmente perderían la Pensión de Viudedad, y con los tiempos que corren y la escasa pensión, apenas daría para subsistir.
Aparte de las parejas heterosexuales, también participaban las formadas por mujeres, y no porque fueran ‘de la acera de enfrente’, si no porque no habían hombres suficientes para poder constituir la pareja de baile para concursar. En los Hogares de Pensionistas de España predominan las mujeres porque son más longevas que los hombres. La esperanza media de vida de los españoles supera los 80 años, sin embargo, las mujeres viven unos seis años más que los hombres.
Pero aconteció un hecho inesperado: a las cinco y diez, y tras los primeros compases del archiconocido pasodoble ‘España cañí’, se oyó un golpe seco: cayó fulminado al suelo uno de los concursantes. Su aspecto era esperpéntico; quedó boca arriba, la mirada hacia la Mesa del Jurado y una sonrisa como diciendo: ¡Va por ustedes!
Ante el imprevisto suceso, el podólogo -a la sazón presidente del Jurado- ordenó parar la música.
-Pobretico…murió como quería…-decían unos.
-Era su pasodoble preferido- aseguraban otros.
Conforme se acercaban algunos a curiosear, lanzaban exclamaciones de todo tipo:
-Es que le echó mucha enjundia…-decía uno mirándole a la cara sin expresión.
-Ya se lo decía yo- manifestaba otro de los más allegados- No te embeleses tanto con ese pasodoble que un día te va a dar algo.
Y así fue como sucedió.
Entretanto, mientras colocaban al desafortunado bailarín en la habitación del podólogo, éste se sorprendió al oír nuevamente repiquetear las castañuelas del pasodoble español.
“No puede ser, se debe tratar de un error” pensaba mientras intentaba acomodar al finado en el sillón podológico a ritmo de pasodoble. Llegó a pensar que el músico no se había enterado que aconteció un hecho luctuoso.
Apenas salió de la habitación tras intentar enderezar al difunto, -cosa que no pudo conseguir por la forma del sillón-, mas parecía un paciente sentado esperando los servicios profesionales del podólogo, se dirigió al presidente del Centro para pedir explicaciones porqué se había reiniciado la fiesta.
La respuesta del presidente no se hizo esperar:
-El muerto al hoyo, el vivo al bollo –dijo sonriendo mientras bailaba con una longeva de pelo largo de color morado.
-Pero habrá que llamar a Urgencias para que certifique su defunción- dijo el atribulado podólogo.
-Encárgate tú, la fiesta no se puede detener…
El podólogo no salía de su asombro ante las manifestaciones del presidente del Centro. ¿No se daba cuenta de que había un muerto en la habitación contigua víctima de un pasodoble? Por lo menos debería existir un mínimo de respeto ante un ser humano –ahora sin vida- que minutos antes estaba participando del jolgorio organizado por el propio Centro. El podólogo no daba crédito a lo que estaba viendo.
-Pero, ¿el concurso continúa? –preguntó más con miedo que con indecisión.
-¡Pues claro que continúa! Y toma buena nota de los participantes porque eres el Presidente del Jurado –le espetó el intemperante anciano.
El podólogo turbado por los acontecimientos, logró llamar a Urgencias y aguardó en la mesa del jurado a que viniese un médico para firmar el Certificado de Defunción. Entretanto, daba una ojeada a los concursantes, sin ver sus evoluciones danzarinas, más bien miraba sus rostros con el fin de encontrar algún atisbo de preocupación o tristeza por lo ocurrido.
Pero a nadie parecía importarle lo sucedido.
En un pequeño alto que hizo el músico para reparar unos cables que una de las ancianas se llevó por delante al dar un giro como un trompo y salir desorientada, el podólogo aprovechó para conversar con el presidente; quería una explicación más convincente de que no se hubiese detenido la fiesta.
-Verás, mi joven podólogo –dijo el presidente aspirando una bocanada de aire, para coger fuerzas tras el exhaustivo baile-. Todos los que estamos aquí, nos encontramos en la recta final de nuestras vidas; un año para ti es un día para nosotros. Probablemente, la próxima semana, algunos de los presentes esté criando malvas…
La conversación se vio interrumpida porque comenzó a sonar otro pasodoble; y una octogenaria cogió del brazo al directivo del Centro y a tirones lo llevó a la pista de baile, entre risas. El podólogo quedó pensativo, sabía que la virtud de envejecer es la virtud de conservar alguna esperanza. Y probablemente éste domingo caluroso era el de una esperanza de alguno de los concurrentes.
Al poco, llegó una ambulancia con una joven doctora; era obvio de que se trataba de una doctora sustituta. En verano, los Servicios de Urgencias por regla general son atendidos por médicos que han acabado la carrera recientemente. Los médicos veteranos, si pueden, se quitan de encima los meses de verano.
La doctora, nada más entrar, creyó estar en el lugar equivocado al apreciar la diversión del Centro. Ahí no podía hallarse un difunto. Se acercó al Conserje, éste la envió al Presidente del Centro, y éste a su vez, al podólogo.
-Soy la doctora de Urgencias…creo que me han dado mal la dirección- dijo algo confundida.
-Es aquí. Le han dado bien la dirección –dijo el podólogo intentando despejar su duda y dirigiéndola hacia la sala de curas.
-¿Y esta fiesta? –preguntó aún mas asombrada.
-Bueno…son mayores y el poco tiempo que les queda lo aprovechan –dijo el podólogo con una pizca de humor negro.
La incrédula doctora examinó y auscultó al difunto, confirmando su muerte y extendiendo el Certificado de Defunción.
Nada mas marcharse la doctora, apareció una Jueza, también joven, y probablemente de igual forma sustituta. Y de la misma manera que la doctora, se sorprendió de que hubiese una fiesta en el lugar funesto de los hechos. Los ojos como platos, extendió el Certificado del levantamiento del cadáver y se marchó por donde vino como alma que lleva el diablo.
A continuación de la Jueza, llegaron los operarios de la funeraria con el ataúd al hombro.
-¿Seguro que es aquí? –preguntó uno de los empleados secándose el sudor de la frente.
-No creo –dijo el otro-. Aquí hay mucha marcha.
Cuando se disponían a irse, el podólogo se dio cuenta que a ellos también la situación se les hacia inverosímil, y prestamente se acercó antes de que cargasen de vuelta con el pesado ataúd.
-Por aquí, por favor –dijo mostrándoles la puerta de la sala de curas.
-¡Joder con los viejos! Han perdido la vergüenza con tal de ligar…-comentó uno de ellos con cara de consternación.
Como pudieron, alzaron el cadáver del sillón y colocaron el tieso cuerpo dentro del ataúd. No pudieron extender una de las piernas debido a la rigidez, por lo que no cerraron el ataúd, posponiendo dicha acción para cuando llegasen a la funeraria.
La salida del finado del Centro de Jubilados fue épica. Los operarios apenas podían con el pesado ataúd con la caja destapada, pero sobre todo, lo más trabajoso era sortear a las parejas que estaban bailando. Unas veces frenaban bruscamente para no ser atropellados por una fogosa pareja de ancianos danzarines, y otras, aceleraban el paso al ver un claro para conseguir llegar a la salida.
En su último viaje del finado por la sala de baile, con el ataúd sin la tapa, dejaba ver la cara del difunto, que parecía que estaba echando un último vistazo con los ojos a media luz a los bailarines.
-Hasta dentro de un rato, Pepe –dijo un pensionista cuando pasó por su lado haciendo un paso de torero a ritmo del pasodoble que estaba bailando en ese momento.
Risas, muchas risas…saben que el próximo puede ser uno de ellos.
Escrito

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