martes, 10 de agosto de 2010

El milagro de la Ermita del Pilar




-¿Cuál de los dos es Don Rodrigo? –preguntó nervioso el espadachín italiano, mirando desde lo alto del muro de la calle Vidrieros.

-El que lleva la pluma más larga- respondió el hidalgo cornudo y hazmerreir del Casino de Murcia.

-¿Estáis seguro? –volvió a preguntar el espadachín metido a matón, apuntando con su viejo arcabuz.

-¡Sí!

-¡Voto a Dios! –dijo entre dientes el italiano-. Veo las dos plumas iguales.

Y la verdad es que era para dudarlo. De ambos sombreros surgían dos hermosas plumas de pavo real; la única diferencia estaba en la cabeza: uno era más cabezón que el otro.

-¡Boom! –sonó el arcabuzazo.

De pronto uno de los dos cayó de bruces al suelo. El italiano disparó al más cabezón sin imaginarse que se había cargado al mismísimo Corregidor Don Francisco Miguel Pueyo , quien se encontraba de ronda con su ayudante Don Rodrigo. Habían sido avisados que unos malhechores pululaban por el barrio de San Antolín y San Andrés.

-¡Pardiez! –exclamó asustado el Ayudante Don Rodrigo, y gritando dijo: -¡Han disparado al Corregidor! ¡Venid, necesito ayuda!

En un santiamén se arremolinó la gente y en volandas se lo llevaron al convento de las Agustinas, depositándolo en un cuartucho que hacía las veces de pequeño sanatorio.

-Hay que llamar urgente a Don Diego –dijo la Superiora.

Don Diego Mateo Zapata era distinguido médico murciano, con fama en la Corte.

Al poco de llegar Don Diego para examinar al Corregidor Pueyo, se produjo un hecho milagroso: el Corregidor empezó a moverse, llevando su brazo al pecho. Introdujo su mano debajo del grueso chaleco, y, ante el asombro de los presentes, sacó una figura de plata de la Virgen del Pilar. Aparecía en el busto de la imagen un pequeño orificio con el perdigón de plomo incrustado.

La Virgen del Pilar le había salvado la vida.

Repuesto el Corregidor Pueyo, mandó construir una ermita como homenaje a su salvadora en el mismo lugar donde fue disparado, y desde entonces se la conoce como la Ermita del Pilar.

También encargó al pintor murciano Nicolás de Villacis que lo inmortalizara con un retrato.

Después del tristemente célebre suceso, se hicieron las correspondientes investigaciones. Resulta que el espadachín italiano fue contratado por un rico terrateniente huertano que, por querer adquirir gloria, se metió a soldado en las filas del Gran Capitán, siendo apresado en Argel durante dos años. Y mientras no fue liberado, se rumoreaba que el Ayudante del Corregidor estaba enredado con su mujer. Era tanta la humillación que sufría el engañado en el Casino con versos subidos de tono, que el rico e ignorante huertano, ciego de la ira, juró acabar con la vida del Ayudante del Corregidor, llamado Don Rodrigo. Por lo que contrató a un esbirro italiano para que haga pasar a mejor vida al Ayudante del Corregidor, pero el resto de la historia, vuestras mercedes, ya saben cuál es.

1 comentario:

Poeta Carlos Gargallo dijo...

Felicidades por el relato Antonio, un abrazo.